La llamada llegó a las ocho de la noche del lunes, cuando Valeria había logrado convencerse de que podía pasar al menos una velada sin que su vida se desmoronara un poco más. La voz de su madre sonaba tensa al teléfono, con ese tono particular que reservaba para las crisis que requerían mantener las apariencias.
—Tu padre insiste en que vengas a cenar el miércoles —dijo sin preámbulos—. Los Garcés vendrán con Alonso. Es importante, Valeria.
El departamento de Valeria parecía encogerse con cada