La invitación llegó un martes por la tarde, deslizada bajo la puerta del departamento con la discreción de quien conoce los horarios de Valeria mejor de lo que ella misma quisiera admitir. El sobre era de papel crema, grueso, del tipo que costaba más que la cena promedio de una familia durante una semana. La caligrafía en tinta negra era inconfundible: las letras alargadas de Dante, con esa inclinación hacia la derecha que alguna vez había estudiado en las notas que dejaba sobre su almohada.Valeria lo encontró al regresar de una sesión de interpretación consecutiva para un litigio comercial, con los pies doloridos por los tacones de aguja y la mente aún procesando términos legales en tres idiomas. Recogió el sobre sin prisa, sopesándolo entre sus dedos como si pudiera adivinar su contenido por el peso. Dentro, una tarjeta de invitación impresa en papel de algodón a
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