El salón Emperador del Hotel St. Regis brillaba con esa elegancia discreta que solo el dinero viejo sabía comprar. Las arañas de cristal Baccarat colgaban del techo como constelaciones domesticadas, proyectando fragmentos de luz sobre las mesas de caoba pulida donde los poderosos negociaban el futuro con la misma naturalidad con la que otros pedían café.
Valeria llegó con treinta minutos de anticipación, una armadura de profesionalismo envolviendo cada centímetro de su cuerpo. El traje Armani c