El teléfono de Valeria vibró a las once de la mañana del martes con un mensaje de Camila que decía simplemente: "Jardín. Ahora."
No había signos de interrogación. No había emojis conciliadores. Solo dos palabras que sonaban como una sentencia.
Valeria dejó la taza de café sobre el escritorio de su oficina con más fuerza de la necesaria. El líquido oscuro salpicó el informe trimestral que había estado fingiendo leer durante la última hora. Mierda.
Había pasado tres días desde la comida familiar,