La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas del penthouse de Alonso como una acusación silenciosa. Valeria despertó con el cuerpo dolorido y la mente demasiado lúcida para la cantidad de tequila que había bebido la noche anterior. La sábana de algodón egipcio se sentía como una prisión de lujo contra su piel desnuda.
Mierda.
El brazo de Alonso descansaba sobre su cintura con una posesividad que le revolvió el estómago. No por repulsión—su cuerpo todavía vibraba con los ecos del placer de