Capítulo 60La casa de Anna era un refugio acogedor, lleno de plantas y luz natural, pero para Sofía, cada rincón se sentía como una celda de cristal. Llevaba tres días instalada en la habitación de invitados, rodeada de maletas a medio abrir y una angustia que no la dejaba ni respirar.Lo peor no era su propio dolor, sino el de Gael.El bebé no paraba de llorar. Era un llanto persistente, una queja que no se calmaba con el biberón ni con los mimos. Gael extrañaba su cuna, el olor de su habitación y, aunque Sofía odiara admitirlo, el peso de los brazos de su padre.—Ya, mi amor, ya... mamá está aquí —susurró Sofía, meciéndolo por centésima vez esa noche.Ella tenía ojeras profundas y el cabello revuelto. Estos días Gael no le había dado tregua.Anna entró en la habitación con una taza de té y una expresión de lástima.—Déjamelo un rato, Sofi. Ve a darte un baño, te vas a desmayar si no descansas.—No quiere que lo suelte, Anna. Solo quiere estar pegado a mí y, en cuanto me siento, emp
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