Capítulo 108El estruendo en la parte superior de la escalera de caracol congeló la sangre de los tres. Guzmán, con la rapidez de un rayo, bloqueó el cuerpo de Sofía con su propia espalda y encañonó su arma hacia la oscuridad por donde acababan de bajar. El ruido del seguro siendo liberado resonó como un trueno en el silencio sepulcral del sótano.Miguel, aferrado a la caja de seguridad negra, sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Sentía que estaban metidos en una ratonera. Si alguien bajaba, no tenían a dónde huir; estaban atrapados entre paredes de concreto y el peso de una historia que amenazaba con aplastarlos.Un gruñido bajo, gutural y vibrante, empezó a llenar el espacio. Era algo más primitivo, más letal, un sonido que nacía de las entrañas de una bestia que no conocía el miedo, solo el instinto de proteger lo suyo.—¡Quieto! —gritó Guzmán, con el dedo rozando el gatillo y la respiración contenida—. ¡Un paso más y disparo!La linterna de Guzmán iluminó el primer tramo de
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