—¿Crees que sea un niño, mami? —preguntó Luna, con sus ojitos verdes relucientes.—No lo sé, mi amor… —su voz fue apenas un susurro, mientras observaba el lugar en el que se encontraban: un consultorio obstétrico, uno al que no tuvo el lujo de acudir cuando estaba embarazada de ella.Cuando regresó la mirada a su hija, la niña estaba inmóvil, apoyando la barbilla sobre el dorso de su pequeña mano, en un gesto de concentración absoluta. Sus grandes ojos, redondos y brillantes, parecían estar en otro sitio, soñando despierta, posiblemente imaginando a su hermanito.—Yo creo que… lo amaré mucho —dijo después de unos minutos en silencio.—Estoy segura de que sí y de que él a ti también.—¡Lo protegeré! —alzó las manos, entusiasmada ante la idea.Ver a Luna feliz era la única razón por la cual no estaba hundida en la silla, llorando.«Otro hijo… y del mismo hombre», pensó, queriendo taparse la cara con ambas manos y sacudir la cabeza. Hacerlo sería un gesto tan obvio, una confirmación de q
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