—¿Crees que sea un niño, mami? —preguntó Luna, con sus ojitos verdes relucientes.
—No lo sé, mi amor… —su voz fue apenas un susurro, mientras observaba el lugar en el que se encontraban: un consultorio obstétrico, uno al que no tuvo el lujo de acudir cuando estaba embarazada de ella.
Cuando regresó la mirada a su hija, la niña estaba inmóvil, apoyando la barbilla sobre el dorso de su pequeña mano, en un gesto de concentración absoluta. Sus grandes ojos, redondos y brillantes, parecían estar en