El interior del helicóptero vibraba con una ferocidad que amenazaba con desarmar el fuselaje, pero para Dante Lombardi, el aparato parecía estar suspendido en el aire, inmóvil en el tiempo.—¡Más rápido! —rugió a través de los auriculares tácticos, con la vista clavada en la oscuridad que se extendía bajo ellos.—Señor, los motores están al ciento diez por ciento de su capacidad. Si presiono más, entraremos en pérdida —respondió el piloto, cuya voz delataba el pánico de llevar al límite una máquina de cinco millones de libras sobre el cielo nocturno de Londres.—¡Me importa una mierda la máquina! —Dante golpeó el mamparo con el puño cerrado, dejando una abolladura en el panel de aluminio—. ¡Si no llegamos a Blackthorn en tres minutos, te tiraré por la puerta yo mismo!Se arrancó los auriculares y los arrojó al asiento vacío de enfrente.El infierno que había dejado atrás en la fábrica sur ya no existía en su mente. Las llamas, los millones perdidos, el caos corporativo... todo eso era
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