El quinto mes de embarazo trajo consigo una redondez innegable, un ancla física que le recordaba a Layla cada mañana que había sobrevivido. Frente al espejo del vestidor, alisó la seda de color zafiro oscuro de su vestido de noche. La tela abrazaba la curva de su vientre con orgullo. Ya no había necesidad de esconderse, ni de ropas holgadas, ni de mentiras.Dante apareció en el reflejo, ajustándose los gemelos de su camisa negra. No llevaba corbata. Su estilo se había vuelto ligeramente menos rígido en las últimas semanas, un reflejo del deshielo que había ocurrido en el interior de Blackthorn Manor.Se situó detrás de ella y sus manos, grandes y cálidas, se posaron automáticamente sobre su vientre. Era un gesto que repetía docenas de veces al día, una comprobación táctil de que su mundo seguía intacto.—Estás deslumbrante —murmuró él, besando la curva de su cuello, justo donde latía su pulso.Layla se apoyó contra su pecho firme, cerrando los ojos un instante para absorber su calor.
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