AdannaLa tensión entre nosotros podía cortarse y, al final, estaba tan pesada que mi respiración se volvió sonora, al igual que la de él. Los pechos de ambos subían y bajaban, y nuestras miradas libraban una guerra que ninguno estaba dispuesto a perder.No me dejé intimidar por él ni por su efecto en mí. Le sostuve la mirada, firme, desafiante. No iba a dejar que me manipulara, que me tratara como si yo estuviera loca.—Dime, Adanna, ¿tan poco valgo para ti? —me preguntó él, y su voz decayó.Noté que su mirada intimidante desapareció; en su lugar, lució una triste y derrotada.No supe por qué sentí un dolor inmenso en el pecho, pero las ganas de reír me ganaron, así que lo hice. Solté una carcajada amarga, llena de ira, de rabia, de indignación.¿Cómo se atrevía a preguntarme eso?—¿Es en serio, Iker? No fui yo quien te traicionó, ¿sabes? No fui yo quien dejó que usaras el vestido nupcial ni quien hizo que supieras, justo en la celebración de marcación, que iba a marcar a otra person
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