—Sí, señor. Entendido —afirma Atlas, subiéndose rápidamente a un taxi común para pasar desapercibido y seguirlasMáximus cuelga y se deja caer en su silla, hundiéndose el rostro entre las manos. Héctor lo observa desde el rincón de la oficina, sintiendo una profunda empatía hacia el hombre que, a pesar de su inmensa fortuna, parece estar perdiéndolo todo.—Héctor... esta mierda me está matando —confiesa Máximus en un susurro—. No sé cuánto tiempo más pueda soportar esta farsa.—Señor, si el amor es real, será más fuerte que todo lo que están viviendo ahora —dice Héctor, acercándose con cautela—. Su abuela sabe lo que hace, ella tiene un plan. Por favor, solo sea un poco más paciente.—¿Paciente? Ese maldito de Jack está sobre ella como un buitre —gruñe Máximus, golpeando el escritorio por la frustración —Señor —interrumpe Héctor con suavidad—, si la señorita Rosie es su destino, nadie se la quitará. Ni Jack, ni los problemas, ni nadieEn la sala de espera de una clínica privada. Ros
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