DAMIÁN—Eres mía...Mi propia voz, ronca y gutural, se mezcló con el sonido de mi respiración agitada, sentía su piel bajo mis manos, su calor, su rendición. Estaba a punto de perder la cabeza, a punto de hundirme en ella y olvidar mi nombre...—Damián... Damián, despierta.Alguien me sacudía el hombro.Abrí los ojos de golpe, pero mi cerebro seguía atrapado en la neblina dorada del sueño, no vi el techo de mi habitación, vi los ojos color miel de Isabella, inclinada sobre mí, con el ceño fruncido por la preocupación y el cabello cayéndole sobre la cara.—Estabas jadeando —susurró ella, con la mano aún en mi hombro desnudo—. ¿Estás bien? Parecía que te estabas asfixiando.No pensé, no razoné, mi cuerpo todavía encendido por el sueño y saturado de testosterona, tomó el control. En un movimiento rápido, la agarré de la cintura y giré sobre la cama, invirtiendo las posiciones, la atrapé debajo de mí, hundiendo su cuerpo en el colchón.Isabella soltó un grito ahogado de sorpresa, sus ojos
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