DAMIÁNEl restaurante estaba casi vacío, una elección deliberada. No quería testigos ni interrupciones. Elegí una mesa al fondo, con vista a la entrada y pedí un whisky doble que no pensaba tocar.Roberto Ross entró diez minutos tarde, caminando con esa arrogancia barata de quien cree que todavía tiene cartas que jugar, se sentó frente a mí sin esperar invitación y le hizo una seña al mesero para que le trajera lo mismo que a mí.—Puntual como siempre, Damián —dijo Roberto, esbozando una sonrisa torcida—. Me alegra que recapacitaras, las amenazas por mensaje son tan... impersonales.—No recapacité nada, te cité aquí para decirte cara a cara, que si vuelves a acercarte a mi casa o a enviar notas amenazando a mi mujer, no vas a terminar en la quiebra, vas a terminar en la carcel —solté, recargándome en la silla con una frialdad que lo hizo parpadear.Roberto soltó
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