ISABELLALa puerta de mi habitación se abrió de par en par, interrumpiendo el silencio del hospital.Valeria entró como un verdadero torbellino, con unos lentes de sol enormes en la cabeza y una sonrisa que le iluminaba toda la cara. Detrás de ella venía Matilde, con los ojos rojos de tanto llorar de felicidad y al final, caminando a paso lento pero firme con su bastón, entró la abuela Eleonora.—¡Ya llegamos! —anunció Valeria, corriendo hacia mi cama para darme un abrazo con muchísimo cuidado de no lastimarme—. ¡No lo puedo creer, Isa! ¡Soy tía por partida doble! Eres una maldita campeona.—Gracias, Val —le devolví el abrazo, sintiendo que se me hacía un nudo en la garganta de pura emoción—. ¿Ya los vieron?—Acabamos de pasar por el área de terapia intensiva —se adelantó la abuela Eleonora, acercándose a los pies de mi cama. Su postura era rígida, pero sus ojos grises estaban brillosos, llenos de un orgullo que no intentó disimular—. Tienes unos hijos hermosos, Isabella. Son pequeños
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