DAMIÁNMe pegué por completo a la cabecera de la plancha, bloqueando con mi propio cuerpo la vista de Isabella hacia lo que el equipo médico estaba haciendo de la cintura para abajo.Le agarré la cara con las dos manos. Estaba muy pálida, casi transparente, sudando frío y temblando violentamente por el efecto de la anestesia local que le acababan de poner en la espalda.—Mírame a los ojos —le ordené, con la voz más firme, gruesa y segura que pude sacar de mi garganta, aunque por dentro sentía que el mundo se me estaba cayendo a pedazos—. No mires las lámparas, mírame solo a mí, Isabella.Ella clavó sus enormes ojos miel en los míos, le temblaba la barbilla.—Tengo mucho miedo, Damián. Me duele muchísimo.—Ya no te va a doler, ya casi acaba, mi amor —le prometí, acariciándole la frente húmeda con los pulgares para intentar darle calor—. Eres la mujer más fuerte y valiente que conozco. Vas a estar bien, los tres van a estar perfectos.El sonido rítmico del monitor cardíaco marcaba el pas
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