Claudio hablaba con el padre Ricardo en la pequeña sala del departamento parroquial. La puerta estaba entreabierta y sus voces salían firmes, graves, sin titubeos.—No puedo quedarme al margen, Padre. —decía Claudio—Si algo me corresponde, lo asumo. No voy a esconderme detrás de nadie.—La responsabilidad no es un castigo, hijo. —respondió Ricardo con serenidad.—Es una elección. Y tú estás eligiendo bien. Y estoy seguro de que Oli estará a tu lado en el proceso.Aimar, limpió sus lágrimas y salió del baño más tranquila al saber que no compliria esa terrible orden. Fue al cuarto de lavado, buscó unas unas mantas dobladas y las llevó con ella, se quedó inmóvil al escuchar la voz de Paolo. Sintió un nudo en la garganta. Paolo estaba de pie junto al limonero, mirando su celular con el ceño fruncido.Levantó la vista al sentirla.—Hey. —dijo, guardando el teléfono.—¿Todo bien?Aimar dudó una fracción de segundo. Paolo tenía esa manera directa de mirar que hacía difícil mentirle.—Sí. S
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