Después de entregar al sicario a la policía y dejar todo en manos de sus abogados, condujo como un verdadero demente por las calles vacías hasta llegar al edificio de Elena.Los diez hombres de seguridad que había dejado vigilando el perímetro le abrieron paso de inmediato.Dante subió por el ascensor. No tocó el timbre. Metió su propia llave en la cerradura y abrió la puerta de golpe.La sala del apartamento estaba a oscuras, iluminada solo por la luz de la calle que entraba por la ventana.Elena estaba sentada en el sofá, hecha un ovillo.Se había cambiado la ropa manchada de sangre, pero seguía temblando, abrazando sus propias rodillas.Su padre, Leonardo, dormitaba en el sillón de al lado con el bastón en la mano, montando guardia.—Levántense —ordenó Dante con una voz ronca, fuerte y que no aceptaba ningún tipo de discusión—. Nos vamos.Elena dio un salto en el sofá, asustada por la interrupción. Leonardo abrió los ojos de golpe y se puso de pie.—Dante, ¿qué haces aquí a esta ho
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