Diana llamó a las siete de la mañana.Número nuevo. El tercero esta semana. Cambiaba el número cada dos días por instrucción nuestra, desde que habíamos confirmado que Harold tenía acceso a registros de operadoras en dos países europeos.Contesté.—Harold me dijo dónde es la reunión. —Directo, sin saludo, con la voz plana de quien ha dormido poco y no pierde tiempo en preámbulos.—¿Dónde?Un segundo de pausa.—Una isla privada en el Caribe. Coordenadas en el Atlántico entre Martinica y Barbados. No tiene nombre oficial. Harold la compró hace doce años bajo el nombre de una empresa fantasma registrada en las Islas Caimán.Me quedé quieta.Una isla privada.Eso era otro nivel de aislamiento distinto de cualquier reunión anterior. Las oficinas de Zúrich podían monitorearse. Los hoteles tenían registros y personal ajeno. Una isla privada en el Caribe era, por definición, un lugar donde Harold controlaba absolutamente todo: los accesos, las salidas, las comunicaciones, el personal, el perí
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