El auditorio del colegio estaba impregnado de ese olor característico a pegamento, cera de colores y el perfume combinado de decenas de padres ansiosos. Audrey se sentó en la tercera fila, con un nudo en la garganta que apenas le permitía pasar saliva. Había reservado el asiento contiguo con su bolso, un gesto de esperanza residual que se sentía cada vez más patético a medida que los minutos avanzaban. Las luces se atenuaron y el murmullo de las otras familias se convirtió en un coro de suspiros cuando los niños empezaron a salir al escenario.Sus gemelos estaban allí. Emma, con un vestido de girasoles, y Matthew, con una camisa impecable, buscaban con la mirada entre la multitud. Cuando sus ojos se encontraron con los de Audrey, sus rostros se iluminaron, pero la castaña notó cómo, acto seguido, sus pequeñas miradas se desviaban hacia el asiento vacío a su lado. La decepción fue instantánea, una sombra que cruzó sus facciones infantiles antes de que se obligaran a sonreír para comenz
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