El silencio en la habitación de Alessandro era denso, interrumpido únicamente por el sonido rítmico del paño al ser escurrido en el agua tibia y la respiración errática del hombre postrado en la cama. Audrey trabajaba con una paciencia que solo la maternidad le había otorgado. Observaba cómo las gotas de agua se deslizaban por las clavículas marcadas de Alessandro, perdiéndose en el relieve de sus músculos. Había algo profundamente perturbador en ver a ese gigante derribado; era como contemplar