Audrey sacudió la última de sus blusas de seda con una energía que rayaba en lo obsesivo, colgándola en el vestidor con una precisión milimétrica. Había pasado las últimas dos horas sumergida en el orden de su armario, rechazando la ayuda de las sirvientas con una cortesía cortante. Necesitaba el movimiento físico, el roce de las telas y el conteo silencioso de las perchas para acallar el caos que rugía en su mente. Estar desempleada, aunque fuera por unos días, era una condena para alguien que