La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas del vehículo discreto que Sebastián conducía personalmente, se encontraba a dos calles de la nueva y modesta residencia de Clara, observando a través de la penumbra cómo ella cerraba las cortinas de su pequeño apartamento, verla allí, despojada de las sedas y las joyas de los Cavalli, lo llenaba de una mezcla de orgullo y una angustia insoportable, ella era libre, pero en su libertad, era vulnerable.
—Marcus, el perímetro está demasiado silencioso.