Narrado por Gabriel Calvelli
El pitido constante del monitor cardíaco era lo único que me mantenía cuerdo. Llevaba horas sentado en ese sillón de hospital que parecía diseñado específicamente para torturar la columna vertebral. Isabella seguía ahí, inerte, pero de repente, una mano se movió. Luego, una mueca de disgusto. Sus ojos ámbar, tan intensos incluso en su debilidad, se abrieron de golpe.
—¿Isabella? —me levanté, el corazón latiéndome a mil por hora—. ¿Bella?
Ella parpadeó varias veces,