La fiesta en el hangar de la 314 empezaba a languidecer. Los globos de helio rozaban el techo, perdiendo fuerza, y el eco de las risas de Liam y Nicolás se desvanecía conforme los equipos se retiraban a sus literas o a sus casas. Me sentía ligero, casi eufórico. Había gritado la verdad, Isabella estaba a salvo y, por primera vez en años, sentía que el aire no me quemaba los pulmones. Caminé hacia ella, que estaba terminando de despedirse de Emma cerca de la salida. La rodeé por la cintura con una confianza que me nacía del fondo del pecho. —Ya es hora, preciosa —le susurré al oído, sintiendo el aroma de su perfume mezclado con el dulce del pastel—. Estás cansada, tienes un golpe en la cabeza y el médico fue muy claro con el reposo. Vamos a casa. La habitación está lista, he cambiado las sábanas y he comprado esas sales de baño que te gustan para que te relajes antes de dormir. Isabella se tensó l
Leer más