Narrado por Gabriel Calvelli
La luz del sol de Thalassa entraba por la ventana con una insistencia que me resultaba casi ofensiva. Eran las seis y media de la mañana, y mi reloj biológico, ese que llevaba diez años programado para saltar de la cama al primer atisbo de claridad, me estaba gritando que era hora de ducharse, tomar café y revisar la presión de los neumáticos del camión 22.
Pero había un pequeño detal