Mario dudó mucho en confesarme lo que pasaba. Yo lo miraba fijamente a los ojos. En sus pupilas se leía que escondía la verdad de todo ese asunto de la alianza conmigo. -Soy impotente, señora Monroe, me es imposible excitarme, sufro de disfunción eréctil permanente-, me dijo, finalmente, Truddle soplando sus propios miedos. ¿Uh? Quedé aturdida, tonta, pasmada y estupefacta, desconcertada por completo. Aunque Truddle no era un sex symbol, sin embargo muchas mujeres lo codiciaban y soñaban con desposarlo o convertirse en su pareja, sin embargo Mario escapaba de ellas por temor al ridículo, al rechazo o, incluso, a las mofas. -¿Por eso te dejó tu esposa?-, estaba yo embobada. -Mi esposa quedó muy desilusionada por no haber sido sincero con ella. En eso ella tenía razón. Se enamoró perdidamente de mí y sin embargo no le fui sincero, por el contrario le oculté mi impotencia. Ese fue un error. Yo debí ser honesto, aceptar lo que soy, pero no dije nada, nos casamos, nos fuimos
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