Una comitiva de mi flamante hotel me recibió en la misma pista de aterrizaje del aeropuerto de Pekín, ataviados con sus trajes típicos. -Es un gusto tenerla en Pekín, señora Monroe, esperamos que pueda disfrutar de su estadía-, me dijo Simpson, el gerente general de la sucursal pekinesa, pronto a abrir sus puertas.
-Lo que yo espero es que tengan mucho éxito-, acepté sonriendo, haciendo venias y agradeciendo el gesto de recibirme a mi llegada a Pekín.
El hotel era una combinación del