Me recluí varios días en rancho Monroe. No quería saber nada del mundo. Lloraba y lloraba en mi habitación y me sentía culpable de la muerte de Mario Truddle. -No debí acompañarlo, jamás debí aceptar ser su esposa-, le dije llorando a gritos a Brenda. Ella acariciaba mis pelos. -Lo hiciste muy feliz, madre, gracias a ti, Mario pudo ser presidente, murió después de haber consumado su más gran sueño y anhelo-, intentó ella consolarme y darme ánimo, contagiada de mi llanto. -Él aún estaría vivo sumido en sus sueños tontos si me hubiera negado apoyarlo-, le insistí sin resignarme. -No, madre, al contrario, lo hiciste el hombre más feliz de la Tierra con tu apoyo, consumando sus sueños y metas, recuerda que tú lo veías siempre dichoso, hecho una fiesta-, me aclaró mi hija con resolución. Tardé mucho en recuperarme porque fue un golpe atroz, furibundo, en realidad. Yo pensaba que debía separarme de Truddle, reclamarle que respetara nuestro convenio, sin embargo había algo que me
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