En ese verano pude formalizar la Fundación Monroe, un caro y anhelado sueño que acariciaba hacía mucho tiempo, para destinar dinero, apoyo legal, tratamiento, y terapias para mujeres desamparadas y/o maltratadas por sus maridos. Era algo que venía ilusionando desde joven. No me gustaba el sufrimiento que acarrea el machismo. No esperaba, tampoco, tanta acogida, sin embargo numerosas mujeres llegaban hasta las oficinas de la flamante Fundación Monroe en busca de asesoramiento y respaldo, todo