Supachok Suengchitthawon se apareció a la noche siguiente en mi hotel, muy elegante, con sus grandes mostachos blancos, altivo y muy jovial a despecho de sus ochenta años. Me impactó su elegancia, su pulcritud, su magnífico porte, sus pasos sencillos y matemáticos, entero aún su prolongada edad, súper lúcido y nada achacoso por el contrario sumamente atractivo, bastante seductor y galante, igual a un actor de cine longevo pero que mantiene su sensualidad y su virilidad, dueño absoluto de la situación Me quedé admirándolo como un árbol otoñal, pero igual de erguido, majestuoso, robusto, alto, empinado al tiempo, mostrando su encantos tan masculinos que, sin duda, lo habían hecho muy especial y codiciado en sus años mozos, rindiendo doncellas, cautivando mujeres y siendo ídolo venerado por las jóvenes de entonces, maravilladas en su porte y elegancia, en lo casual y mágico que había sido él en sus épocas de esplendor. Pese a todo, Supachok Suengchitthawon mantenía esos rezagos de
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