Daysi Flanagan y Helen Morris, mi agente y socia, respectivamente, quedaron absortas cuando le conté lo de Supachok Suengchitthawon y de sus intenciones de convertirme en la reina de su isla paradisíaca. Les confesé que ese hombre, pese a su avanzada edad, me había impresionado demasiado, acepté que lo encontraba irresistible y varonil, que me gustaba mucho y que me había seducido con su manera de ser tan pulcra, masculina, dueño del tiempo, caballeroso y majestuoso y con una solemnidad que