Todos me saludaban y felicitaban de antemano por la inminente victoria de mi ejemplar. Yo inflaba mi busto de orgullo.
-Tiene un magnífico caballo en Gudelio, no tiene usted pierde-, no se cansaban de decir los otros propietarios y socios del club de hípica, admirados y rendidos a mis resonantes y continuos triunfos a y a la calidad de mi stud, el mejor del país. A mí me daba risa eso también, porque, la verdad, yo no sabía nada de la hípica. Había comprado a Gudelio en un haras que est