Cuando Supachok Suengchitthawon murió, ordené una semana de duelo y que se ondeara la bandera del trono a media asta. Todos los aldeanos respetaron esa hora de dolor por el soberano. Supachok era muy querido y la noticia de su deceso conmovió a todos. Los pésame me llegaron a raudales, incluso vinieron comitivas de diferentes aldeas para sumarse a mi aflicción por la pérdida de mi marido. -¿Se casará otra vez, su majestad?-, me preguntó Suphanan Pholsongkram que era mi primer ministro. Yo no lo sabía, en realidad. Mi vida era una incertidumbre, en verdad. -Dependerá de Cupido-, reí coqueta, mordiendo mi lengüita. -Todos los hombres solteros de la isla sueñan con desposarla, están maravillados con su belleza, la consideran una diva, una divinidad helénica, el que menos está enamorado de usted-, me dijo, incluso, Pholsongkram. Eso me dio mucha risa. -Soy una reina muy deseada, pues, culpa de ser tan bella-, me divertía con mi primer ministro. Suphanan Pholsongkram me contó que
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