Los picos de los Alpes, envueltos en nieve eterna, se alzaban firmes tras la ventana de un pequeño apartamento en las afueras de Lucerna. El aire suizo, nítido y puro, solía ofrecer tranquilidad a cualquiera que la buscara, pero para la mujer que ahora contemplaba su reflejo en el espejo del baño, la tranquilidad era un lujo que ya no poseía.El rostro en el espejo ya no era el de Anna. Su cabello rubio miel había sido reemplazado por un negro azabache profundo. Su tez pálida de Europa del Este lucía ahora un cálido bronceado, resultado de meticulosas técnicas de contouring y lociones autobronceadoras aplicadas cada dos días. Con lentes de contacto marrón oscuro y cejas más marcadas, ahora se parecía a Isabella Vargas, una consultora de diseño gráfico independiente de Bogotá, Colombia, que buscaba inspiración en las montañas europeas.Sin embargo, ni el mejor maquillaje del mundo podía ocultar la palidez de sus labios esta mañana.Dos horas antes, Anna —o Isabella— había caminado
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