El sol de París se filtraba con una timidez grisácea a través de las cortinas. En la habitación, el aire todavía pesaba con el rastro de una noche que no debió ocurrir, o que quizás fue necesaria para que Elena Valerius pudiera, por fin, ver con claridad. Sebastián se despertó con una sonrisa, la sonrisa de un hombre que cree haber recuperado su imperio y a su reina. Sin embargo, al abrir los ojos, se encontró con Elena sentada frente a la ventana, vestida con una bata de seda blanca, observándolo con una serenidad que no vaticinaba nada bueno.—Elena... —murmuró él, intentando acercarse.—Quédate ahí, Sebastián —dijo ella, con una voz suave pero firme. Su mirada no era de odio, sino de una despedida definitiva—. Tenemos que hablar.Lo que siguió fue una conversación que Sebastián Miller no esperaba. Elena, con la frialdad de quien ha tomado una decisión en el fuego de la madrugada, empezó a desmantelar sus esperanzas. Le explicó que la noche anterior había sido el cierre de un ciclo,
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