La mañana siguiente a la inauguración, la casa en las colinas amaneció envuelta en una neblina espesa que bajaba desde los pinos, ocultando el jardín donde, apenas unas horas antes, Elena había creído ver el fantasma de su pasado. El resplandor de la fiesta se había desvanecido, dejando tras de sí un silencio que a Elena le resultaba inquietante. Alexander se había marchado temprano, besándola con la misma devoción de siempre, pero dejándola sola con esa certeza punzante: Sebastián Miller sabía dónde dormía, sabía cómo entrar y, lo más perturbador, sabía cómo observarla sin ser detectado.Elena intentó concentrarse en su pintura, pero el estudio, que antes era su santuario, se sentía ahora vulnerable. Cada crujido de la madera o el roce del viento contra los grandes ventanales la obligaba a levantar la vista. Intentó convencerse de que lo que vio en el jardín fue una alucinación producto del cansancio, pero su instinto, forjado en tres años de convivencia con un hombre que aprendió a
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