El trayecto desde el parque hasta el distrito financiero fue para Elena una neblina de dolor y asfalto. Sus manos, aferradas al volante con una fuerza que le hacía doler los tendones, se movían por puro instinto. No lloraba; el llanto era un lujo que su cuerpo todavía no se permitía, procesando el impacto de la imagen que acababa de presenciar: Alexander, su ancla, su salvador, entregado al contacto de la mujer que personificaba su mayor trauma.
Al llegar a la Torre Imperial, Elena no subió a s