Alexander Sterling caminaba por las calles mojadas con los nudillos ensangrentados y el aliento quemando por el whisky y la rabia. Tras dejar a Sebastián Miller tirado en el asfalto, no sintió la satisfacción del vencedor, sino un vacío ensordecedor que parecía succionarle el aire de los pulmones. La voz de Elena en el teléfono seguía resonando en su cabeza, repitiendo la confesión de su noche en París como una campana fúnebre. Para Alexander, el mundo se había vuelto un lugar inhabitable; el p