La mañana en que Alexander acompañó a Elena a la clínica, el cielo de la ciudad parecía haberse teñido de un gris metálico, un reflejo exacto del estado de ánimo que lo consumía. A pesar de que intentaba mantener una fachada de serenidad para Elena, sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía el volante del auto. Ella, sentada a su lado, no dejaba de sonreír; había una calma nueva en su rostro, una plenitud que Alexander no le había visto ni siquiera en sus mejores momentos en París. Ella creía que estaban a punto de sellar su futuro; él sabía que estaba caminando directamente hacia su propia ejecución moral.Entraron en la clínica de la mano. El lugar, exclusivo y discreto, estaba acostumbrado a recibir a las figuras más poderosas del país, pero para Alexander, cada mirada del personal médico se sentía como un juicio. Le resultaba insoportable pensar que, mientras él estaba allí para confirmar la vida que Elena llevaba en su vientre, la prueba positiva de Sofía seguía escondida
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