El silencio fue tan absoluto que incluso el sonido lejano de las fuentes del jardín pareció desaparecer por completo, dejando la terraza sumergida en una quietud asfixiante. Victoria permaneció de pie frente a él, sosteniendo la postura a pesar del dolor físico. Esperando. Porque después de una confesión de tal magnitud, de haber expuesto el alma de esa manera, tenía que haber una respuesta. Cualquiera. La que fuera. Una negación, un reproche, un reconocimiento. Pero Daniel no habló. Se quedó inmóvil en su asiento, con la mirada fija en ella, con las facciones congeladas como si de pronto hubiera olvidado cómo articular un solo sonido. Los segundos comenzaron a acumularse en el aire, volviéndose demasiados para el gusto de ella, transformando la expectativa en una lenta agonía. Victoria sintió cómo algo pesado y frío se hundía paulatinamente en su pecho, apagándole el brillo de los ojos. —¿No tienes absolutamente nada que decir? Su voz ya no sonó enfadada ni desafiante; solo s
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