El silencio regresó a la estancia, denso y acusador. Daniel abrió apenas los labios, intentando formular una respuesta lógica o una disculpa que detuviera el golpe. No encontró las palabras adecuadas en su repertorio. Porque la cruda verdad detrás de su máscara de piedra era que él tampoco sabía qué decir ante tal monstruosidad. Toda su vida, desde su juventud, había confiado ciegamente en la versión oficial que Arturo le había entregado de los hechos. Y acababa de ver un archivo digital que de