La mansión estaba extrañamente silenciosa aquella noche. No era un silencio normal; era uno de esos silencios pesados que aparecen justo después de que pasa una tormenta destructiva, cuando todos los habitantes de la casa saben perfectamente que una tragedia ocurrió y nadie quiere ser el primero en preguntar las consecuencias.
Daniel lo notó en el ambiente apenas cruzó la puerta principal de la propiedad. Las empleadas domésticas hablaban en voz muy baja en los rincones, los escoltas evitaban