Daniel empujó la puerta con firmeza. La madera, desgastada por los años y la humedad, protestó de inmediato con un chirrido agudo y desagradable que rompió la quietud de la estructura. Ambos entraron al recinto, dejando atrás la hostilidad del bosque. El interior de la cabaña estaba prácticamente vacío, desprovisto de cualquier rastro de habitabilidad reciente. Solo había acumulaciones de polvo, fragmentos de madera vieja esparcidos por el suelo y una alfombra raída y desgastada que descansaba acumulada en una de las esquinas. Daniel, sin perder el tiempo, comenzó a revisar minuciosamente el perímetro una vez más, asegurando las paredes y los accesos rotos. Victoria, por su parte, permaneció de pie cerca de la entrada, manteniéndose estática mientras observaba cada uno de sus movimientos con atención. Entonces, algo se movió de forma abrupta en las alturas. Un golpe seco y repentino sonó directamente sobre las tablas del techo, seguido casi de inmediato por un fuerte y caótico bati
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