Daniel dejó los folios de Obsidian sobre la mesa de madera con un golpe seco.
—Lo estás por muy poco, Victoria. El cirujano tuvo que hacer milagros.
El tono de su voz había cambiado drásticamente, volviéndose más denso, ronco y cargado de una tensión subterránea. Y Victoria lo notó al instante.
—No deberías haber salido del automóvil bajo ninguna circunstancia —sentenció él, severo.
—No pensaba quedarme encerrada de forma cobarde viendo cómo te golpeaban y te superaban en número en esa