Victoria descendió nuevamente las escaleras, envuelta por la neblina de las luces doradas y el murmullo elegante que flotaba en el ambiente del club. Pero esta vez, ya no parecía una visitante perdida tratando de mimetizarse con las sombras. La seda negra abrazaba con suavidad cada movimiento de su cuerpo, fluyendo con una cadencia hipnótica, mientras las medias estilizadas y la máscara oscura transformaban por completo la imagen pulcra, impecable y reservada de la señora Meléndez. Era una metamorfosis absoluta. Varias miradas masculinas comenzaron a seguirla con descaro apenas atravesó el salón principal, cautivadas por el misterio de su silueta, y Victoria lo notó. Sintió el peso de esos ojos sobre ella, pero no se intimidó; al contrario, dejó que esa atención ajena alimentara la audacia que le quemaba el pecho. Aunque, en realidad, el único hombre cuya reacción le importaba estaba sentado al fondo del lugar. Daniel seguía en el reservado privado, flanqueado por Lex y la mujer de
Leer más