La noche ya había caído por completo sobre Valemont cuando el automóvil negro salió finalmente del estacionamiento del hospital infantil. El gran evento benéfico había terminado hacía casi una hora; la marea de empresarios comenzaba a disiparse en sus respectivos vehículos de lujo, las luces de las cámaras se apagaban una a una y el elegante mundo de sonrisas falsas, copas de champaña y discursos cuidadosamente preparados quedaba atrás, disolviéndose poco a poco en la oscuridad de la tarde.
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