La suite del Club Élysée permanecía sumida en una penumbra tranquila, apenas interrumpida por las luces doradas y lejanas de Valemont que se filtraban perezosamente a través de los enormes ventanales. El escenario de la ciudad parecía un lienzo abstracto de fondo, ajeno a la burbuja que se había creado entre esas cuatro paredes. El silencio que ahora envolvía a Daniel y a Victoria ya no era el abismo incómodo de los días anteriores, ni la distancia gélida del contrato corporativo. Era un silencio cálido, pesado, sumamente íntimo, de esos que solo quedan cuando las máscaras finalmente se han roto. Daniel permaneció unos segundos más recostado junto a ella, disfrutando de la tregua, antes de incorporarse lentamente sobre el colchón. Sus movimientos eran pausados, despojados de la prisa del mundo exterior. Y al hacerlo, con un gesto natural y posesivo, tiró suavemente del cuerpo de Victoria hacia él. Ella soltó una pequeña exhalación sorprendida cuando, en un parpadeo, terminó sent
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