El murmullo de la cena, ese zumbido constante de cubiertos y confidencias, se extinguió de golpe cuando una sombra de autoridad se proyectó sobre la mesa. El señor Arnaud, un hombre cuya presencia era tan pesada como su apellido, los observó con una curiosidad que rayaba en lo inquisitivo. Sol Arnaud permanecía a su lado, como una extensión silenciosa pero punzante de su poder. —Vaya… —soltó el señor Arnaud, dejando que la palabra flotara como una acusación—. Ahora entiendo por qué no le dijiste a tu abuelo sobre tu pareja. Daniel no se movió. Ni un músculo de su rostro delató incomodidad, manteniendo esa impasibilidad que era su mejor arma. —No lo consideré necesario —respondió, su voz tan plana y fría como el mármol del salón. El señor Arnaud sonrió apenas, una mueca que no transmitía calidez, sino una victoria táctica. —Claro. Algunas decisiones… requieren discreción. Mientras su padre hablaba, Sol no apartaba la mirada de Victoria. No era una mirada de admiración, sino
Leer más